INVENCIÓN DE MI DESTINO: AUTOBIOGRAFÍA

 

 

Amigos y compañeros de viaje: Una mujer me contó que vi la luz recién parida del mundo al amanecer, un día de julio a mediados del siglo veinte, en un pueblo llamado San Vicente de Chucurí, en Colombia. Este es un pequeño paraíso infernal, feraz y feroz, luminoso y animado por una alegría salvaje, rebelde, tórrido y montañoso, acorralado por quebradas y ríos torrentosos, generosos en peces y ahogados. Poco antes de desplegar sus alas y alzar vuelo prematuro hacia la eternidad, ella me reveló que yo había nacido condenado a perderme; quizás por eso la amé sin culpa y con inocencia hasta cuando ya no pude soportarla, y entonces huí del amor, conocí la orfandad y comencé mi aprendizaje de la vida.

Otra mujer, en un colegio privado, me enseñó a escribir, cogiéndome la mano con cariño y contagiándome el amor por las palabras. Pero de la escuela pública tuve que huir porque era un lugar inolvidable, combinación perfecta de cárcel, cuartel, sala de torturas y convento. Los profesores parecían carceleros y verdugos, y las profesoras eran unas viejas solteronas, devotas, marimachos y abominables que enseñaban el odio y la violencia con una regla o garrote que azotaban en las palmas de las manos y en las nalgas de los niños; también nos infligían torturas físicas y agresiones psicológicas. Un profesor enano, que era más chiquito por dentro que por fuera, me asestó una bofetada que me hizo orinar en los pantalones, y después de un reglazo magistral que otro me concedió en mi mano derecha, escupí sangre.  Por desgracia, yo no era un demonio sino un ángel tímido, lento, despistado y soñador. Y tuve que despertar en forma brusca y precoz para empezar a ver la realidad. El primer desastre al que asistí fue el del hogar, cuyo calor creció hasta hacerse intolerable y explotó, yo fui la pavesa que voló más lejos, fui a caer al abandono, más allá de la soledad. Ya libre de las cadenas del amor, vi que la vida vivía amenazada, y que el hombre era un peligro, no menos que las fieras, las pestes y las sabandijas venenosas; aunque lo más peligroso era vivir. Quizás lo primero que aprendí fue el miedo y, a la vez, la temeridad, el heroísmo, que era imprescindible para sobrevivir. Conocí el gesto pálido y apacible de la muerte, en los rostros de numerosos occisos que caían en las calles y las cantinas como frutos del árbol de la violencia nuestra de cada día. Con asombro y desconcierto  contemplé todas las formas de violencia que brotaban en forma espontánea del instinto de fieras homicidas que nos habita, y de la locura furiosa del poder. Los hombres portaban armas de fuego y cuchillos, y el plomo y las puñaladas eran gratuitas y alcanzaban para todos. Además, nuestro pueblo fue desangrado por el exterminio político entre liberales y conservadores en la época llamada La Violencia, por las luchas guerrilleras de izquierda y por las bandas criminales de ultraderecha. Pero además de violentos, machistas y sublevados, los hombres eran alegres, sinceros, valientes,  muy laboriosos, fiesteros, solidarios y de un gran sentido del humor. En ese paraíso hostil viví una infancia desgraciada, sin amor, sin hogar, sacrificado por el trabajo, la miseria y la soledad; pero por épocas, cuando discurrió en los ríos, quebradas y montañas, fue feliz, montaraz, vagabunda y aventurera, rica en aprendizajes, experiencias peligrosas, emociones intensas y recuerdos tan duros de roer que ni el olvido ha podido con ellos. Cuando quedé bien instalado en la orfandad, intenté ser niño de la calle, pero fracasé, no serví para gamín porque tenía vocación de esclavo.

Fui niño solitario y trabajador, en numerosos oficios en el pueblo, y en el campo como obrerito y secretario de las sirvientas. Los campesinos me enseñaron la fascinación y el horror de la imaginación popular, despertaron mi vocación por la belleza de la mentira poética y me volvieron adicto a la fantasía, cuando a la hora del crepúsculo compartían el guarapo y la magia de la palabra oral, y me contaban muchos cuentos fantásticos, maravillosos, picarescos, eróticos y moralizantes, sobre seres imaginarios, espíritus, espantos, lugares encantados y fuerzas misteriosas.

Cuando murió mi madre, víctima del desamor, yo renací porque mi padre me rescató de la perdición en que andaba; él fue mi héroe, y me regaló mi primer libro, que tuvo que traer de la ciudad capital porque en el pueblo no había librería ni biblioteca. Y volví al terror de las aulas. En primer año de bachillerato, mi profesor de español descubrió que yo tenía genialidad para la creación literaria, y que estaba condenado a ser escritor; y armó un escándalo. Pero yo no sabía qué lucha me esperaba, y él no corrió el riesgo de orientarme en la invención de mi destino.

Volví a darme a la fuga, y huí de la casa paterna, del colegio y del pueblo para no volver nunca más a vivir allá. En Bucaramanga trabajé, y estudié en la sección nocturna en un colegio privado y me gradué de bachiller en matemáticas. Luego huí de una mujer y de una hija que había inventado, y empecé a criar la ilusión de graduarme en una universidad: huí de varias carreras y claustros, perdí tiempo y vida, y al fin, llorando de alegría, me gradué en lingüística y literatura en una universidad privada en Bogotá, y después en una especialización en literatura y semiótica, en Tunja.  Aunque siempre he vivido perseguido y acorralado por la necesidad de subsistir, por la pobreza, la falta de tiempo y la tristeza, le he robado tiempo a la eternidad para parir dos hijas, un hijo, veinte libros de poesía, cuento, minificción o microrrelato, literatura para niños, y centenares de artículos.

Actualmente pretendo enseñarles a pensar, leer y escribir a mis estudiantes. Sé que estoy vivo de milagro y no sé cómo he podido llegar hasta este renglón donde voy; lo mejor de mi vida me ha ocurrido en forma milagrosa, ayudado e iluminado por ángeles y espíritus encarnados en mujeres; a mi padre y a ellas les debo todo lo valioso y memorable que pueda haber en la aventura de mi existencia.

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© Guillermo Velásquez Forero

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