LA CONDICIÓN DEL ESCRITOR – Ensayo

 

Egon Schiele │La muchacha y la muerte (Egon y Wally), 1915

La condición del escritor

 

“Advertirles que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón de ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica. Explicarles que no hay término medio: que la sociedad suprime para siempre esa facultad humana que es la creación artística y elimina de una vez por todas a ese perturbador social que es el escritor, o admite la literatura en su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un perpetuo torrente de agresiones, de ironías, de sátiras, que irán de lo adjetivo a lo esencial, de lo pasajero a lo permanente, del vértice a la base de la pirámide social.”

Mario Vargas Llosa

 

Escribir sobre sí mismo es el único destino del escritor. Pero al hacerlo, escribe acerca del hombre y de su mundo artificial, simbólico, violento, trágico y de pesadilla. Porque un hombre es todos los hombres; y en esencia, es el mismo en cualquier lugar y en todos los tiempos. Sólo es distinto en lo superfluo, en la máscara y el artificio, en los nuevos vicios, disparates, desastres, métodos de dominación y máquinas de exterminio que inventa. Además, en un archivo secreto de su cerebro el individuo conserva la memoria de la especie. Y está demostrado que la bestia vertical que habitó en los árboles y luego en las cavernas, ahora habita en los rascacielos. También, se ha llegado a saber que nunca se sabe nada, que todo es mentira, que todo es vanidad y apacentarse de viento, y que hemos evolucionado y progresado tanto en el tiempo que todavía no hemos podido salir de la edad de piedra ni de la aldea milenaria. Que el insospechado y asombroso desarrollo de la cultura y la civilización nos ha humanizado tanto que aún no hemos superado la barbarie, y que después de dos mil años de estar aprendiendo a amarnos en el amor cristiano, ahora nos odiamos más y mejor.

El escritor posee el don de la palabra mágica que Dios usó para crear el mundo, y está destinado a dar vida y voz a seres que yacen en  el silencio y en los ámbitos misteriosos de lo invisible, inverosímil, improbable, abismal e imaginario.  Pero no le es permitido escribir todo lo que quiere sino apenas lo que puede, y no puede escoger los temas, éstos lo escogen y lo persiguen a él; tampoco podrá escribir nada nuevo porque no hay nada nuevo bajo el sol, todo se ha dicho ya y, por tanto, todo texto es un palimpsesto; los grandes temas están agotados desde la antigüedad, y el único tema que queda es el del drama cotidiano de la Humanidad, la tragicomedia ridícula, vergonzosa, violenta y lamentable de la especie sobre la tierra; y, además, la vida humana es un vulgar plagio de la repetición de las repeticiones. Es más, el escritor sabe que su soledad está poblada de otras vidas y otros mundos, a veces ve los hilos invisibles que lo mueven como a una marioneta divina y siente los impulsos sobrenaturales que lo dominan, oye las voces interiores del inconsciente colectivo y de la memoria de los sueños que lo habitan, intuye que es un amanuense de espantos, llega a presentir que los muertos utilizan su voz para volver a nombrar la vida, y descubre que su voz, única y solitaria, es una polifonía, un surtidor de diversas y múltiples voces. Por esa potencia expresiva, se considera que el escritor es un intérprete de la voz del pueblo, la voz de Dios, la voz de la historia y del porvenir; aunque su lucha primordial es por inventar símbolos y formas bellas para expresar todas esas voces integradas en una sola, que es la voz del espíritu. El escritor ejerce la vocería, él es el poder de la palabra de los silenciosos y de los que no tienen voz. Esa extraña facultad de ser caja de resonancia de la tragedia universal e intérprete del mundo lo convierte en un médium, un oráculo, un visionario o un hechizado; por esa sinrazón, casi nunca sabe lo que hace y con frecuencia no comprende las dimensiones y la trascendencia de lo que él mismo escribe. Y no podrá ser original, ya que ese privilegio sólo lo tuvo Adán, escasamente puede aspirar a ser él mismo, a ser auténtico en sus obsesiones, pasiones, placeres, terrores y sufrimientos; a ser impúdico y a convertir su sordidez, sus obscenidades, sus fantasmas, miserias y pesadillas en un novedoso espectáculo de estética verbal.

Egon Schiele │Retrato de Erwin Osen, 1910

Por último, se sospecha que sólo existe un único escritor en el mundo, un solo espíritu creador universal, y que todos los demás no somos más que espejos, satélites, antenas repetidoras o muñecos de ventrílocuo de ese espíritu singular y babélico, demiurgo de la palabra y la imaginación. Así que, le toca escribir por algún misterioso designio, ajeno a su voluntad. Y debe hacerlo en una lengua de difuntos, vulgar, vagabunda, regalada, prostituida y muy limitada, incapaz de expresar lo inaudito, lo desconocido, el misterio, el abismo, el alma, lo metafísico, etc., porque lo esencial, profundo, significativo y revelador y eterno es inefable. Está condenado a crear belleza, novedad, verdad, alegre sorpresa, revelación y conocimiento sustancial con los signos lingüísticos que usan hasta los retrasados mentales, y que sirven para los oficios domésticos y los fines más banales, ruines y perversos. Por esa vulgaridad del instrumento de trabajo literario, tan manoseado por todo el mundo, cualquiera que se atreva a ensuciar un papel o una pantalla con un manchón de letras, se cree escritor.

Pero para acceder a ese destino heroico y suicida de artista del lenguaje verbal, primero tiene que nacer. Y el escritor nace como es debido: maldito, por herencia del paraíso terrenal, signado por el pecado original y analfabeta. Esto último es lo más importante, pues como es un animal corrompido por la inteligencia, no nace aprendido y le toca aprenderlo todo. Aunque esto significa que es un ser humano común y corriente, un animal trágico como cualquier otro que tenga conciencia, puesto que todos nacemos con esa maleta de viaje, hechos del mismo barro hediondo, frágil, oscuro y sin sentido, y predestinados a caer al mismo abismo de la nada y la eternidad.

Lo único que el escritor tiene de anómalo, de malformación congénita, y que habrá de estigmatizarlo y apartarlo como una bestia enferma y peligrosa, es la genialidad. Este regalo de nacimiento que le infligen los dioses en contubernio con los demonios, que ha sido considerado y valorado como una peste del alma, lo convierte en un espíritu creador de abismos y en un azote de Dios, pero también en un pobre ser iluminado por el horror de la conciencia, desgarrado por la injusticia divina y la imperfección universal, angustiado por la oscura fatalidad inherente al ser humano, asesinado por la continua frustración de los anhelos, la mofa de la vida y la inutilidad de todo sacrificio; humillado por su impotencia ante los poderes celestes e infernales que pisotean al mundo, la sociedad y el individuo; ofendido y con afán de rebelión por la injustica, inequidad, demencia y brutalidad con que unos canallas utilizan el poder contra las mayorías; y torturado por la crueldad de la belleza, el ideal y la utopía.

Los dones inasequibles e inexpugnables, como la belleza, la genialidad, la inteligencia o la sabiduría se pagan muy caros. El genio literario parece ser una psicopatía, una inexplicable enfermedad del espíritu. Innumerables escritores han llegado a caer en poder del manicomio, el alcoholismo,  las drogas, la promiscuidad, el basurero social, la trashumancia sin reino, la desolación del exilio, el esplendor de la miseria y la salvación del suicidio. A la mayoría los persigue la depresión, la angustia existencial, el vacío del alma, el sentimiento trágico de la vida, el asedio de la conciencia de la  muerte, la locura lúcida, la anarquía del corazón, el anhelo incolmable, la visión del abismo, la soledad  devastada e irremediable, la embriaguez suicida, la errancia lunática, la desgarradura cósmica y la desesperanza, la amargura celeste de ser alados y tener que arrastrarse, el dolor infinito de ser un dios desechable y condenado a habitar entre los hombres. Muchas víctimas de esa misión de ser portadores de la luz del verbo, y abanderados de la belleza poética, han vivido ese destino como una maldición o una condena, la han padecido y gozado como una pasión tenaz, subyugante y autodestructiva semejante al vicio, el amor y el crimen. Porque no se conoce labor más gratuita, innecesaria, inútil, peligrosa, enfermiza y dañina para el que la ejerce, como el arte de la literatura.

Egon Schiele │Reprimir a un artista es un delito, 1912

Su alta promesa de calamidad deriva de que la belleza, en todas sus manifestaciones, es infinitamente peligrosa, ya que desata el deseo de vivir, y la esencia de la vida es la aventura de ser bajo la amenaza, de avanzar decidido ante el azar y el riesgo, de asumir el enfrentamiento y la lucha contra los poderes de la fatalidad y la muerte. Forman legiones, los poetas fieles a su destino que han muerto de poesía, como las chicharras, o que se han convertido en espantos de la calle. Esa tarea del espíritu de escribir es la misma que les tocó a algunos héroes malditos, como Sísifo, que fueron condenados por los dioses a ejercer oficios viciosos, vanos, tormentosos e interminables en el trasfondo de los infiernos.

El escritor nace predestinado a cumplir una misión imposible, y encadenado a una labor interminable, esto quiere decir que ya trae impuesta una esclavitud vitalicia o una condena perpetua a trabajos forzados; razón suficiente para que no le pongan más oficios en esta vida. Y le toca aprender tanto que la vida no le alcanzará para completar su aprendizaje esencial. Lo primero que tiene que aprender es a vivir en peligro y en intensidad, a rodar por este mundo con el poder divino y diabólico de la palabra a cuestas y con el compromiso de utilizarlo para emular a Dios y crear otros mundos posibles o realidades imaginarias, seres ficticios y vidas hipotéticas a través de las cuales se pueda escarbar en las tinieblas del alma con la pretensión de develar y revelar el misterioso sinsentido de la vida, la inexplicable falta de finalidad del placer y el sufrimiento, el absurdo como cimiento de la existencia humana; lo cual significa desenmascarar el vacío en que se fundamenta el hombre, su mundo y todas sus luchas; mostrar el trasfondo de sus actos; iluminar, hacer patente y sensible la esencia oscura, imprevisible y viciosa del hombre. Este universo quimérico, que es cosa seria pero a la vez un juego muy divertido, tiene que ofrecerle al infeliz lector una forma ilusoria de felicidad, el privilegio del  goce estético como una experiencia vital que le permita vivir más, sentir más hondo, ampliar su visión del mundo, palpar la esencia oculta de su ser iluminado por una visión de eternidad, percatarse a conciencia de la realidad inmediata la cual es imperceptible a simple vista, descifrar el gesto de la máscara, ver en profundidad entre las sombras, hallar el germen de la luz entre la oscuridad, contemplar lo invisible, captar lo sobrenatural aquí en la tierra, hallar lo insólito en lo habitual, lo significativo en lo vulgar, lo milagroso en lo cotidiano, lo sagrado en lo íntimo, lo universal en lo local y lo eterno en lo efímero; que lo conmueva y le provoque el asombro, la indignación, el deseo, el espanto, el desengaño y la decepción, la alegría y la risa  en este valle de lágrimas; que le sirva de espejo aberrante para que pueda ver su cara oculta y sus vidas no vividas, sus extravíos y sus fantasmas, su grandeza y su miseria humana; que lo incite a dudar, sospechar, pensar, comprender y construirle sentido a la trágica y ridícula aventura humana en este viaje hacia la nada.

 

Egon Schiele │ La familia, 1918

Para empezar por el principio, debe forjar el alma en la edad sin tiempo y fundacional de la infancia, esa única, verdadera e inalienable patria que llevamos para siempre en el corazón, paraíso inaccesible del que ningún asesino, ni nadie, nos puede desterrar. Lo que se cocine en ese alto horno de la afectividad y se funda en ese crisol de vivencias lúdicas, fantásticas, terroríficas y felices es decisivo y definitivo para construir el mundo complejo, laberíntico e ignoto de nuestra vida interior, de donde no podremos salir sino a través del amor y la creación artística, porque siempre estaremos presos dentro de nosotros mismos, en la cárcel de nuestra soledad. Los expertos en destinos azarosos y desdichados consideran que para llegar a ser escritor es imprescindible haber vivido una infancia desgraciada, solitaria, cerrera y pobre. Pero no hay recetas, fórmulas ni leyes únicas y obligatorias para la perdición humana, pues el hombre camina hacia el abismo a ciegas y aturdido por el escándalo del mundo, engañado por los encantos de la mentira, desorientado y traicionado por el ángel travieso de sus deseos inconfesables y sus pasiones, apoyándose en el báculo de las ilusiones  y llevado de cabestro por el azar; porque todo lo que nos ocurre en esta vida es aleatorio, accidental, imprevisible, disonante, contradictorio, paradójico y absurdo. Y como todos somos bestias de carga y de silla que llevamos a cuestas las columnas que sostienen el cielo, pues hasta los arrieros saben que por el camino se pueden arreglar las cargas.

En lo que a mí concierne, atesoré esa experiencia vital y trascendental en la tierra feraz y feroz donde dicen que me estrellé con la luz por primera vez un día al amanecer, en los ríos y quebradas turbulentos e infestados de peces, en los soles infernales que tocaba combatir con aguardiente para impedir que lo mataron a uno por insolación, en el aire puro perfumado por las montañas y la vida agrícola y pecuaria, en los caminos culebreros y calles empedradas donde el milagro pasaba inadvertido, en los aguaceros diluviales y los cielos tempestuosos y homicidas, en la embriaguez precoz y montaraz, en la alegría de matar la serpiente del tiempo con los apasionantes juegos tradicionales, en el trabajo demoledor e infatigable, en el reino del machismo brutal y asesino de la ternura que convierte a la mujer en un insecto doméstico y al hombre en un pretendiente a homosexual, en la escuela violenta y analfabeta que aplicaba a garrote y a fuete el principio de que la letra autoritaria con sangre entra, en el sentido del humor corrosivo y despiadado que hallaba y hacía saltar la chispa de la gracia hasta en la desgracia, en el espíritu ancestral de la violencia personal y la guerra que convierten las armas y el plomo en artículos de primera necesidad y desangran las calles y los campos, en las fiestas populares tan frenéticas y borrascosas que siempre había peleas y muertos, en los amores tenaces y apasionados que mataban a tiros y a puñaladas a los enamorados, y en la palabra viva y mágica de la tradición oral, de San Vicente de Chucurí y su gente arrecha, cuya sangre guerrera, laboriosa, fiestera, locuaz, fraternal, sincera, mitómana y grosera corre por mis venas, por mis palabras y por mi obra literaria.

Egon Schiele │Ciudad muerta (1910-1912)

Los campesinos chucureños con quienes compartí parte de mi infancia de niño fugitivo, solitario y trabajador errante, me contaron y me hicieron vivir muchas historias míticas, legendarias, fantásticas y maravillosas con las cuales me desfloraron la ingenuidad y me involucraron en sucesos extraordinarios e inolvidables, donde uno se encontraba con   presencias misteriosas, poderes mágicos, señas y amenazas inusitadas y tesoros fabulosos e inasequibles que venían de otros  mundos insólitos e imprevisibles donde todo es posible, y de donde surgían espíritus y seres sobrenaturales, monstruosos, heroicos, picarescos, lujuriosos, justicieros o perversos pero siempre invencibles e inmortales, que se le podían aparecer a uno en cualquier momento en el camino, asaltarlo en el monte o zambullírsele entre la totuma del guarapo; y así despertaron y desollaron mi sensibilidad, atizaron mi curiosidad, cultivaron en mi espíritu la cizaña de la fantasía, me enseñaron a creer en lo increíble, me inculcaron a golpes de palabra el miedo, la admiración, el asombro y la valentía de vivir entre la ilusión y el sobresalto, entre la fascinación y el terror; me ayudaron a parir y a criar mi vocación por la mentira sorprendente y bella como llave maestra para abrir las puertas de las apariencias y entrar al peligroso territorio del conocimiento subjetivo, espiritual y trascendente  de la vida y del ser humano; y consagraron mi devoción por la paradoja, la ironía, la burla, el sarcasmo, el horror y el espanto.

Pero esos hombres de tierra y de palabra no fueron los únicos que corrompieron mi angelidad, también mi padre con sus historias heroicas y sobrenaturales de pesquería y de su infancia campesina, mi mamá, mujer soñadora, frustrada y prófuga a quien se le confundía lo soñado con lo vivido, aplacaba las tempestades del cielo con signos y palabras mágico-religiosas y había visto espantos y escuchado ruidos, voces y llamados misteriosos; mi abuelo materno, quien me contó que hablaba por la madrugada con las ánimas y que ellas le daban consejos y orientaciones para la vida; las mujeres de la servidumbre doméstica que de noche nos aterrorizaban y no nos dejaban dormir con sus leyendas y narraciones de fantasmas dañinos y espíritus vengativos que podían atacarlo a uno hasta en los sueños, cogerlo de las patas, pegarle una arrastrada inolvidable y dejarlo por allá botado en el monte como un muerto; y todos los vecinos, amigos, compañeros y cómplices de la aventura de la infancia y la pubertad que me ayudaron a vivir con sus palabras, porque en esa tierra entrañable, que llevo en el alma como mi único tesoro del destierro, el reino del mito, la magia y la ficción se había instalado en la lengua oral, y cada  palabra viva y compartida que temblaba en el aire valía más que mil imágenes. No recuerdo que mi inocencia animal y mi alegría silvestre de existir hayan sido pervertidas por los libros. La memoria colectiva que andaba por los caminos, las calles, la plaza y el atrio fue mi biblioteca montañera y siempre abierta donde aprendí a  escuchar otras voces que develan las luces insospechadas que se ocultan debajo de las oscuras apariencias de este mundo desconocido e incomprensible.

Pero uno jamás termina de aprender a vivir, de cometer errores y de que la vida le vaya enseñando a tiestazos; quizás nunca aprendemos nada, y nos vamos volviendo tristes, desolados y lejanos, y nos vamos quedando rezagados en el abandono porque el tiempo huye más rápido que el hombre, el abismo creciente de la soledad nos va arrimando al silencio, nuestra memoria se va convirtiendo en el comedero de la hiena insaciable del olvido, que habrá de devorarnos a todos; y la vertiginosa brevedad de la vida no nos permite darnos cuenta a qué horas se nos viene encima la humillación e ignominia de la vejez y la ineluctable visita del ángel de la muerte. 

Tal vez, escribir sea una forma de lucha despiadada contra uno mismo, un enfrentamiento contra el ángel de la muerte cotidiana, un combate por la libertad y la reafirmación del espíritu, un acto de rebelión contra la miseria universal e irredimible que somos, contra la vergüenza infinita de no saber nada, contra la horrorosa insignificancia del papel que representamos en el circo de la vida y en el burdel del amor, contra la angustia y la culpa generada por nuestra conciencia y separatidad del cosmos, contra la soledad irremediable, contra el acoso constante de la fatalidad y contra el olvido definitivo de nuestro paso fugaz por este mundo.

Egon Schiele │Krumlov, 1914

Mas allá de la ilusión de salvar el abismo de nuestra individuación y lograr expresarnos y comunicarnos con otros seres inteligentes con quienes compartimos nuestra postura ante la vida, nuestra visión particular del mundo y nuestra interpretación y comprensión intuitiva de la realidad, la creación literaria es un consuelo metafísico que se paga con sacrificios, y que en última instancia se propone: construir vivencias y realidades de ensueño que nos sirvan de espejo prodigioso para vernos en otros mundos menos mezquinos, crueles y dramáticos que este; ejercer de manera libre e impune las pasiones; emprender una búsqueda de fe en la vida a través de lo increíble;  desatar el deseo de alcanzar lo posible a través de lo irrealizable; tratar de esclarecer el insondable misterio a través de lo aparente, y de hallar la verdad terrible a través de la mentira bella, alegre, placentera y juguetona; y, mediante la conspiración  de la imaginación, merecer el privilegio de pertenecer a la aristocracia del espíritu como premio de consolación por el delito de haber vivido para dar fe de vida y testimonio perdurable del hombre y del mundo.

Y como sólo puede escribir sobre lo que sabe del hombre y del mundo de la vida humana en sus entornos natural y sociocultural, el escritor tiene la inacabable e imprescindible tarea de conocer siquiera lo esencial, universal y permanente acerca del ser humano, y, al menos, lo más interesante, revelador e inmemorial de lo que ha explorado, descubierto, pensado, creado, construido y destruido en este planeta desde que dejó de ser un animal salvaje  para inventarse como bestia divina, ángel diabólico y monstruo hacedor de la Historia. Tendrá que ser un aprendiz durante toda su brevísima vida, y procurar por todos los medios llegar a ser un maestro, porque el arte es una forma de sabiduría e iluminación y un abnegado magisterio del espíritu. Pero ese saber no se puede  comprar prefabricado en ningún supermercado ni por televisión o Internet. Sólo es alcanzable a través de la autoconstrucción sufrida, razonada, crítica, contrastada, significativa y compartida del conocimiento, para lo cual todos los métodos son buenos, desde la ciencia infusa hasta la revelación milagrosa. De modo que, está condenado a ser un estudioso incansable, un intelectual activo y un pensador rumiante; y a convertirse en un lector impenitente y en un bibliófilo. Y para dejar de ser un eco, tendrá que encontrar en el silencio los sonidos con los cuales va a construir su propia voz y, si tiene duende, su estilo personal y su ámbito estético.  

Como es un artista del lenguaje verbal, está obligado, de modo inexcusable, a adquirir el talento, es decir, a aprender el arte de la palabra, a dominar el sistema de la lengua, a conocer y aplicar la teoría literaria, las poéticas, las técnicas artísticas, los recursos estilísticos, los consejos, claves y secretos, el análisis, interpretación y comentario de textos; a ejercitarse sin piedad para llegar a escribir con fuerza, velocidad, brevedad, luz, sencillez, novedad, alegría y humor para hacer que la literatura sea una fiesta con orgía donde el placer alcanza para todos, porque la creación es un juego tan divertido y peligroso como el amor, y la lectura debe ser una forma de la felicidad; a pensar el lenguaje; a enamorarse de las palabras y seleccionar su léxico preferido; a tener noticias del origen y desarrollo histórico de la ficción poética y a amamantarse leyendo las grandes obras maestras desde las mitologías hasta la literatura contemporánea. Y cuando ya tenga armada su biblioteca, sabrá que sus libros son otro castigo, un lastre que lo ata e inmoviliza y que tendrá que abandonar cuando le toque  huir del amor y demás cadenas y apegos.

Así que, el escritor nace, se hace y luego se deshace, socialmente, cuando analiza, critica, rechaza y combate a la sociedad y el mundo por sus poderes inhumanos y su maquinaria violenta, demente y despiadada; su orden injusto y corrupto; su ley del embudo y su doble moral; sus falsos valores y sus mentiras sagradas; su farsa y su mascarada; sus esclavitudes envilecedoras y la importancia y predominio que le otorga al chisme, la tontería, la vulgaridad y la estupidez.

Pero para lograr esta metamorfosis, además de su formación académica o autodidáctica, debe desarrollar ciertas cualidades indispensables: debe tener vocación para el aislamiento y el presidio, sentir la necesidad de rodearse de silencios y soledades, gozar de una disciplina estoica y masoquista para el trabajo intelectual y artístico, sufrir la propensión a corregir sus textos durante toda la vida porque el ideal de la perfección es inalcanzable y nunca sabe si avanza hacia el acierto o el fracaso, aprender por sí mismo y perfeccionarse a través de sus errores y fracasos e inventar su senda personal porque no hay maestros ni hay caminos, aprovechar al máximo la sabiduría popular, contemplar la realidad con visión imaginativa, afilar su perspicacia para ver más allá de las falsas y engañosas apariencias, apreciar el mundo con la mirada de inocencia escrutadora y la capacidad de asombro y maravilla del niño, desarrollar virtudes antisociales que le permitan llegar a ser temerario, subversivo, irreverente, sarcástico, iconoclasta, pirómano, anarquista, terrorista y deicida; potenciar al máximo su sensibilidad social y su conciencia crítica; llegar a ser mayor de edad kantiano y libertario para luchar contra toda forma de alienación y domesticación; ejercer como conciencia crítica y fiscal insobornable de su tiempo y su circunstancia sociocultural; estar siempre de parte de la vida, la dignidad y la libertad del hombre; ser enemigo de toda forma de tiranía e injusticia; no tragar entero y ni siquiera tragar nada porque aguantar hambre ilumina el espíritu; combatir su vanidad y aplicar con severidad la autocrítica; discernir entre lo esencial y lo superfluo, entre lo anecdótico y lo significativo, entre lo caduco y lo perenne, entre lo casuístico y lo universal; ser capaz de contemplar el mundo desde la aldea; andar desollado y con todo el cuerpo lleno de ojos y orejas; mantener en el cerebro, en estado de alerta, un radar ultrasensible para captar los temas, asuntos e ideas que pululan como plagas porque nuestra realidad en más fantástica que la ficción; hundirse en el muladar horrendo de la demencia, la tragedia, el horror y el sufrimiento que nos depara  la existencia colectiva de cada día para tener algo importante qué decir; escribir con sangre, tuétanos y semen, lo cual entraña hacerle el amor al lenguaje y preñarlo de nuevas luces y sentidos para que pueda llegar a parir símbolos y verdades espantosas; y poseer un excelente detector de cháchara de borracho y cotorreo de comadres para aplicárselo a todo lo que escribe, porque de la misma fuente de su genialidad brotan las obras maestras, las mediocres y las desechables.

Egon Schiele │La casa de la curva, 1915

Y debe llegar a saber: que el milagro maravilloso e inefable de la vida es una trampa y una estafa que, por fortuna, no dura nada; que el escritor pertenece a la estirpe de Caín, y que esto es otra ventaja, porque en la lucha fraticida y caníbal contra sus hermanos de palabra, en la disputa por la figuración y el reconocimiento, entra a matar en condiciones de igualdad; que sus colegas son sus enemigos y que los más hábiles con la espada de fuego de su lengua, y ávidos de poder, exclusividad y privilegios, se convierten en principados sicarios del paraíso literario, que montan cátedra, ejercen de críticos inquisidores y dueños de la última palabra, fungen de pontífices de la literatura, fundan revistas o dirigen suplementos literarios, imponen sus vicios, caprichos, aberraciones e iluminaciones como nuevos dogmas y cánones estéticos; arman roscas y cofradías de mercenarios del aplauso y la adulación para catapultar mediocres, sacamicas y lameculos, y para volver famosos a escritores que no escriben ni han escrito nada meritorio; que estas deidades de papel arrogantes, despectivas e inaccesibles lo ningunean y lo excluyen de encuentros, festivales, publicaciones, antologías, revistas, suplementos, historias literarias, etc. Aunque también, entre sus iguales, halla unos amigos del alma, cómplices y aliados más leales y peligrosos que un enemigo. Que sus méritos, premios, reconocimientos y prestigio que su obra llegue a merecer le acarrearán legiones de enemigos gratuitos, fracasados, paranoicos y podridos de la envidia, que actuarán a traición y en forma subterránea dedicándose al oficio de demeritarlo y difamarlo.

Que tiene que leer y escribir a pesar de todo y contra todo, porque el mundo teleológico y utilitarista de la lógica del lucro y la racionalidad rentable, la competitividad y productividad capitalistas, las obligaciones ineludibles, la camisa de fuerza del deber, el consumismo delirante y devastador, y la preponderancia de las apariencias sociales conspira para impedirle que lea y escriba.

Que sus más allegados son los primeros en despreciarlo y ningunearlo porque Cristo nos enseñó que nadie es profeta en su tierra y que vale más un perro aparecido que un genio nativo. Que se verá minimizado, desvalorizado y degradado por el rebaño social que vive sólo para comer, defecar, fornicar y amasar riquezas; y se sentirá como una mosca que revolotea sobre un basurero cuando los conformistas del montón, fatuos, superfluos y analfabetas funcionales lo midan con la vara económica de medir mediocres,  ganapanes, máscaras, imbéciles y miserables de espíritu, y no con esa regla de oro del Evangelio que dice: “Por sus frutos los conoceréis”.  Porque el instinto depredador del capitalismo, que mueve a las manadas, no admite la existencia de seres humanos dedicados a una labor desinteresada y sin ánimo de dominar el mundo; la masa homogénea, anónima y sin rostro no tolera la presencia de hombres que son individuos y diferentes; y la sociedad de esclavos asalariados le niega el derecho a la vida a los hombres libres: no hace falta recordar que en su utopía política, Platón, como ideólogo mercenario del poder, expulsó a los poetas de su República de mierda. Que sus mujeres, sensibles, sabias y magas en el universo de la superficie, enamoradas del interés y preocupadas solo por la cotidianidad doméstica de la subsistencia y el cumplimiento de su misión divina de ser madres, apasionadas por el consumismo, las apariencias y el chisme, se decepcionan de él, lo ven con lástima maternal como a un niño loco o un huérfano habitante de la luna, y lo abandonan.

Que el gran rebaño de la sociedad, dedicado a consumir y producir basura, sólo le perdona que sea escritor bajo la condición de que se ajuste al modelo vulgar del éxito de los matachines de la farándula y los figurines del periodismo: que parezca un lingote de oro para los demás y que llegue rápido a hacerse rico y famoso. Que tiene que sobrevivir en medio de un gigantesco zoológico humano insensible, ágrafo, vulgar, chismoso, fariseo, envidioso, denigrador e infame, con el cerebro sin estrenar, que piensa con la panza y el bolsillo, dominado por la avaricia materialista y los antivalores consagrados del capitalismo salvaje, y manipulado por la televisión y toda su ralea de titiriteros, ilusionistas, bufones, matachines, proxenetas, putas, culebreros, vendedores de ilusiones, traficantes de babas e industriales de la violencia que la usufructúan y aparecen en el trono inaccesible de la pantalla como estrellas, paradigmas del género humano y nuevas divinidades.

Pero la gente vulgar no tiene la culpa de ser y, mucho menos, de hacer el desprecio  y la infamia del genio, pues actúan en legítima defensa de su mediocridad y su miseria integral; es consabido que para los mediocres no hay nada más odioso que la superioridad del espíritu. Aunque la plebe actúa como un títere de mil cabezas del odio de la divinidad, porque los genios, los iluminados y los sabios que se han atrevido a ser ellos mismos y diferentes, a revelar la verdad o a amar a la Humanidad sufridora han sido víctimas de los golpes del odio de Dios. Además, un poeta alemán, loco e iluminado por los antiguos dioses fugitivos reveló que el poeta tiene el derecho divino de estar solo, desnudo, de pie y de frente bajo las tormentas de la ira de Dios. Así que, el escritor no debe quejarse del destino que le fue impuesto, pues es un privilegio haber sido elegido por el cielo para ser inmolado en la tierra.     

Por todo lo anterior, el escritor tiene que enfrentarse cara a cara y a mano limpia con la fiera herida y acorralada de la necesidad, la pena y el desahucio, y no sabrá qué hacer con su pobreza, su desamparo y su tragedia personal,  si parecerse a los demás y canjear su vida entera por un plato de sopa y una cadena perpetua de deudas, dejándose tragar vivo por los engranajes de la maquinaria socioeconómica, o sobrevivir en el desarraigo, malviviendo a la enemiga en el rebusque de imposibles y el mercado de milagros, porque ese oficio ruinoso de la escritura le deja las manos inservibles para entregarlas a la maldición eterna del trabajo alienado y embrutecedor.

Y nunca sobra advertirle, que si con su obra espera ganar dinero, volverse famoso y alcanzar influencia y poder, es hora de que aterrice y acuda con urgencia al psiquiatra, pues el quehacer de la creación literaria solo le garantiza la esperanza de convertirlo en un mendigo, aunque si corre con suerte, conseguirá con qué pagar la edición de sus libros para luego dedicarse al negocio de regalarlos con dedicatoria y autógrafo, porque la literatura siempre ha vivido y vive de los escritores y, además, les exige que le entreguen toda su vida sin esperar ningún beneficio económico a cambio, de lo cual se infiere que el arte no es un negocio ni una profesión sino  un acto sublime de amor y generosa abnegación de los espíritus libres, inconformes, rebeldes y desengañados de la realidad establecida, que crean realidades imaginarias y alternativas, que son obras únicas con las cuales dan lo más valioso de sí mismos y enriquecen el patrimonio espiritual del mundo; y, para dilucidar que el oficio del escritor no es trabajo y, por tanto, no puede ser rentable, la economía nos enseña que trabajo es toda actividad o esfuerzo humano que se hace por un sueldo o en la búsqueda deliberada y directa de beneficios económicos, y que  es un factor de producción capitalista, junto al capital y la tierra. El trabajo es una maldición eterna que nos echaron cuando nos botaron del paraíso, y una esclavitud sacralizada que sirve para que los pobres enriquezcan más a los ricos y usureros del tiempo ajeno; y, en cambio, la creación literaria es el ejercicio pleno de la libertad, la lúdica, la erótica, la onírica, la ensoñación, la imaginación y la creatividad en medio de la vagabundería, el ocio meditativo, la contemplación, el recreo y la fiesta. El escritor no vive de la literatura, sino para la literatura, que es su destino verdadero, labor del espíritu que le da sentido, valor, primacía y trascendencia a su vida, lo exalta entre los mejores y le otorgará la recompensa tardía e inútil de una breve inmortalidad en la memoria de la Humanidad.

Que si, a pesar de todo, cree que vale la pena apostarle, porque de todos modos la lleva perdida, y decide dilapidar su vida ejerciendo esa vocación descabellada, tendrá que atrincherarse dentro de sí mismo como un héroe numantino y crear su obra en medio de la adversidad y sitiado por el mundo hostil; pero le tocará ser un escritor ratero, que roba migajas de tiempo para leer y escribir a ratos, porque el tiempo huye de él como de la peste y nunca tiene suficientes días para ejercer a cabalidad su vicio y su virtud, pues la mayor parte de su vida tiene que desperdiciarla en la lucha despiadada por conseguir la subsistencia y un espacio en la sordidez cotidiana. Y quizás encuentre su destino, como la luz milagrosa de una guaca a la orilla del camino de la noche, en ese viaje solitario que lo llevará de sus vivencias del alma a la página en blanco y de allí al silencio y al olvido.

 

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© Guillermo Velásquez Forero

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