ESPEJO DE LOS INVISIBLES Y OTROS MICRORELATOS DE LUZ DE FUGA

 

 

 

 

ESPEJO DE LOS INVISIBLES

En un antro castrense de reclusión clandestina, donde la dictadura enterraba a los desaparecidos, había un retrato mágico de la ausencia, y todos los presos políticos que eran arrojados allí y, bajo tortura, forzados a contemplar ese cuadro, se volvían invisibles.

LOS DIAS SIN MAÑANA

Mediante decreto de Estado de sitio, el General acabó con las mañanas, porque creía que el tiempo A.M. era antimilitar.  En consecuencia, el alba desapareció en el abismo de la medianoche, pues los días amanecían ya por la tarde. 

Para cometer esta reforma del día solar, el dictador ordenó a los maquinistas del poder que por la noche le aumentaran la aceleración angular al planeta, frenando luego la marcha para que continuara su ritmo normal a la hora en que comenzaba el tiempo P:M.

Por esta miseria del tiempo, los sobrevivientes nos vimos obligados a vivir media vida, y el país se llenó de desaparecidos, muertos y exiliados, ya que, por efecto de las frenadas, la mayor parte de los habitantes salieron por la tangente.

PAIS SIN ESQUINAS

Respirando el terror de los criminales que infestaba el aire, los sobrevivientes, amenazados y familiares de desaparecidos marcharon por las calles, unidos en un abrazo solidario, y espantando a gritos las temblorosas sombras del miedo llegaron hasta el palacio presidencial y al unísono le clamaron al Gobierno: ¡Señor presidente, haga algo por nuestras vidas, porque los asesinos pueden matarnos a la vuelta de cualquier esquina! Y horas más tarde, el Presidente apareció en la vitrina de la televisión y anunció su ingeniosa, sabia y perfecta solución:

–¡Compatriotas, acabaré con todas las esquinas!

BALAS PERDIDAS

En el país de-Sangrado Corazón de Jesús el azar estaba tan fríamente calculado que las balas perdidas eran encontradas en los cadáveres de los desaparecidos, en la cabeza de los líderes de izquierda y los defensores de Derechos Humanos, entre los huesos de los mendigos, en la carne revoltosa de los estudiantes acribillados en las pedreas, o en el cofre de sorpresas de los ingenuos que iban por ahí desprevenidos y de súbito se topaban la sortija de la muerte.

Del libro: Luz de fuga
Ornitorrinco Editores
1986

 

 

 

 

 

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