EL PÚLPITO DEL DIABLO

ARTÍCULOS DE PRENSA

(Publicados originalmente en EL DIARIO)

¿La Libertad de expresión?

En nuestro medio, pero no sólo en Tunja sino en cualquier otro pueblo que se distinga por su cultura y modus vivendi medieval, es fácil hallar cualquier parroquiano insignificante y mentecato, cualquier pobre diablo con delirios de poder, con la mente colonizada y anulada por el esplendor de las tinieblas de la Edad Media que, como todo tirano, fanático o gran criminal,  pretende arrogarse el poder absoluto de pisotear, prohibir y desaparecer la libertad de pensamiento, la libertad de expresión, y hasta la libertad de cátedra; y cuya insolencia irracional y antisocial le permite abolir y desechar la Constitución, la Ley y la Democracia; y que sueña, gracias a su ignorancia furiosa y atrevida, que puede imponer, como dogma, verdad revelada o palabra sagrada, las creencias y la opinión pública de los imbéciles –la opinión, según Cioran, es un disparate dicho por un demente–; y cree que puede mangonear y manipular el poder local con anónimos, pasquines y cartas para satanizar, censurar, denigrar, perseguir, y condenar a la hoguera inquisitorial a quien se atreva a pensar libre y críticamente, y a expresar sus razonamientos sobre la corrupta, injusta, violenta y absurda realidad que nos ha tocado soportar a lo largo de siglos, y que parece irremediable.

Esa ralea de perros guardianes de la caverna –que se erigen como paladines de la ignorancia y el oscurantismo, como abanderados de los vicios, resabios y taras culturales que llaman tradición–, no surge por generación espontánea, como se creyó que aparecían ciertas sabandijas, sino que son un detritus o escoria inmunda de la Historia. Esas criaturas reaccionarias y cavernícolas, enemigas de la luz, del pensamiento racional, de la crítica, de los avances de la cultura universal, de las innovaciones y del porvenir, han existido siempre porque son herederos degenerados del famoso perro griego Cancerbero, y tienen la misión divina de hacer prevalecer su dinastía y su oficio hasta el fin de los tiempos. Pero el modo de “pensar” de esas larvas de monstruo, debe desaparecer. Para ayudarles a su extinción se les puede recomendar que empiecen por aprender a leer e interpretar y, sobre todo, a pensar, y que luego, a manera de aperitivo, se atrevan a estudiar, comprender y asimilar los textos Elogio de la dificutad, de Estanislao Zuleta, y Genealogía del fanatismo, de Cioran.

 

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Estudiantes de relleno

Los jóvenes, que llegan a la universidad sin saber leer ni escribir, es decir, analfabetas funcionales, consideran en medio de su ignorancia, que todas las demás áreas o asignaturas que no los conducen –como a un rebaño de asnos– al túnel de la especialización, son superfluas; y, de acuerdo con su paupérrima mentalidad, las llaman de relleno. No sabemos si la expresión la inventaron los estudiantes o algún profesor “científico” con tapaojos (de los que les ponen a los burros que tiran carretas en las ciudades para que no vean el entorno y lleguen a asustarse). De relleno están, en la universidad y en todas partes, esa clase de estudiantes y esas roscas de profes instructores y transmisores de información, fatuos y autosuficientes, que no ven más allá de sus narices y su diploma. Las asignaturas que estos ignorantes ilustrados llaman de relleno son las Humanidades, las técnicas de estudio y exposición, las técnicas de expresión y comunicación; y la producción textual, entre otras. Y como se creen idiotas sabios, –así se les llama a los genios que nacen aprendidos y con el cerebro desarrollado y especializado–, por eso no necesitan estudiar y adquirir esos conocimientos fundamentales y entonces no entran a esas clases. Y llegan al descaro de despreciar y abandonar la asignatura de técnicas de producción de textos como ensayos, informes, reseñas, artículos y comentarios que son las herramientas y el  método más eficaz para lograr la comprensión y apropiación selectiva y crítica de los contenidos de las respectivas carreras. Entonces, ¿cómo aprenden? y ¿qué clase de profesionales se están formando? Sin duda, “doctores” ágrafos, analfabetas con diploma.

Además de ser teóricos, estos nuevos profesionales son miopes, escasamente pueden ver el mundo a través de un tubo, su formación cultural es mezquina y su especialización en una parcela muy limitada del saber, es en verdad una miseria de conocimiento, con la cual se sienten satisfechos porque les permite salir a buscar dinero y prestigio social. Son falsos profesionales de relleno, doctores de mentiras. Pero esa estafa cultural, esa ciencia de bolsillo, fruto del afán de lucro y del espíritu rastrero del capitalismo, no es una novedad. Ya Schopenhauer observaba que el mundo civilizado es una mascarada, en la que brillan médicos, ingenieros, abogados, sacerdotes, etc., pero que no son lo que parecen, sino simples máscaras o disfraces detrás de los cuales se ocultan vulgares buscadores de dinero.

Quizás la cultura intelectual de dimensión universal, la visión cósmica, la iluminación del espíritu a través de la lectura, la lucidez de la reflexión crítica y la conversación inteligente sean un relleno que no cabe en el vacío que tiene en la cabeza el hombre actual, cada vez más metalizado, enano e indigno de pertenecer al género homo sapiens.

 

El Poder de las Tinieblas

La lucha temeraria de la inteligencia racional, el pensamiento crítico y la imaginación creadora contra el poder violento y diabólico de la mentira, la corrupción, la ignorancia sagrada, las creencias, las supersticiones, las ideas y doctrinas paranoicas, sacralizadas y entronizadas por la sociedad, la Iglesia, el Estado y sus aparatos ideológicos y represivos, ha sido una de las más desiguales, sangrientas y heroicas a lo largo de esa avalancha demencial y monstruosa de crímenes, genocidios, destrucciones y desastres que llaman Historia, y que constituye la deshonra infinita y la vergüenza eterna de la especie humana. Lo que se conoce como historia de la Humanidad es la evidencia irrefutable, total y definitiva que prueba que el hombre infectado por el afán de poder, riqueza y placer es una bestia loca, furiosa, homicida y caníbal, más perversa, terrible y peligrosa que cualquier otra fiera de este planeta.

Esa historia universal de la infamia ha sido posible gracias al odio, el egoísmo, la injusticia, la exclusión, la persecución, el asesinato y el exterminio desatado por los poderosos contra los débiles. Esas bondades provienen no sólo del ansia de poder de los ilustres corruptos, ladrones y criminales de la política, la guerra y la economía, sino también de los deseos inconfesables que surgen del muladar del alma de cualquier parroquiano invisible, de cualquier don nadie con apariencia de mansa paloma o de buena gente, es decir, del fondo de la condición humana.

Contra ese poder irracional y devastador de la fe, los credos, las doctrinas, los partidos, las Iglesias, los Estados totalitarios y sanguinarios, los profetas y los dueños de la verdad, se han enfrentado y han luchado siempre los espíritus iluminados por la inteligencia, el pensamiento, la imaginación y el amor. Esos hombres eminentes e intrépidos, superiores en grado supremo al rebaño de la sociedad, son los héroes y los mártires de esa guerra por la conquista de la libertad, del derecho a vivir, a pensar y a ser diferentes, al conocimiento y la verdad, a no admitir ninguna autoridad absoluta ni  ideas o vacas sagradas; a expresar sus razonamientos y puntos de vista; a enseñar y practicar sus ideas liberadoras y orientadas hacia nuevos horizontes de esperanza para el espíritu humano.

Aunque la lista de caídos en combate es interminable, la mayoría han sido ninguneados y desaparecidos por los asesinos y por los historiadores, y sólo se recuerdan algunos gigantes de renombre universal como Sócrates, Juan Bautista, Espartaco, Jesucristo, Juvenal, Giordano Bruno, Savonarola, Galileo Galilei, Wilde, etc. Esta guerra es perpetua, y ahora es más política que cultural, pero igual de despiadada y más generosa: dirige sus armas y sicarios contra intelectuales, investigadores sociales, pensadores, líderes de izquierda, autoridades indígenas, defensores de DH, periodistas, artistas, docentes, y contra cualquier sospechoso de pensar o, incluso, de opinar diferente a lo que piensan las bestias del poder establecido y sus huestes violentas que cada día nos pisotean y nos niegan la vida, la libertad, los derechos y los sueños.

 

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El silencio es un delito

Todas las potencias y los poderes de facto del espíritu del mal sólo pueden establecer su imperio perverso y perpetrar sus acciones malditas en completa impunidad, en el reino de las tinieblas y en el silencio. Esas son las condiciones imprescindibles que necesitan para instaurar su hegemonía, dictar su “ley”, aplicar sus métodos brutales y alcanzar su gloria, que consiste en someter a la sociedad y al individuo bajo el terror, la violencia, la injusticia, la mentira, la corrupción y la humillación de las peores fieras que surgen a cada rato en el zoo humano. El Popol Vuh revela que el imperio del mal, dirigido y usufructuado por los Señores de Xibalbá, es subterráneo. Por eso, todas las maquinarias, organizaciones, planes, proyectos y actividades protervas se fraguan en la oscuridad y en el silencio de difuntos; todos los crímenes, atentados, corrupciones, robos y traiciones se conciben y se crían en la clandestinidad; las intrigas, maquinaciones, denigraciones, infamias, calumnias, chismes, y persecuciones también son excreciones del alma de gentualla oscura y abyecta que vegeta y actúa entre las sombras. Todos los malvados son cobardes y fotófobos, porque no hay asesino, ladrón, corrupto o infame que no huya de la luz, de los espejos y del enfrentamiento directo con la realidad. Las tinieblas y el silencio son el paraíso de todos los delincuentes, desde los canallas pequeños e insignificantes hasta los grandes y famosos criminales.

Por esa necesidad de salvación y éxito, todos los monstruos que ejercen el poder del mal: gobernantes dictatoriales, bandas criminales, terroristas, asesinos, corruptos, ladrones, abusadores, violadores, extorsionistas, atracadores, etc., se envuelven en un manto de tinieblas y de silencio, y quieren ser invisibles como los espantos. Para lograrlo, mediante el terror imponen la llamada ley del silencio: suprimen la libertad de expresión y asociación, persiguen y combaten el pensamiento crítico, desaparecen a los opositores, amenazan a los periodistas y escritores, censuran los medios de información que no sean sus cómplices, prohíben las publicaciones, impiden las investigaciones, mandan matar a quienes se atrevan a denunciarlos, y hacen hasta lo imposible para evitar que sus fechorías salgan a la luz pública y sean enfrentadas y derrotadas por el poder luminoso de la verdad, la razón, la ley y la justicia.

Cohonestar a las bandas criminales, aplaudir los crímenes de Estado, callar testimonios y evidencias del delito, multiplicar el silencio de los delincuentes, hacerse el ciego, el sordomudo y el idiota ante la violencia, la injusticia, la arbitrariedad, el robo, la corrupción, la explotación, la falsedad, la persecución y el exterminio, no sólo es cobardía e irresponsabilidad social y una forma de traición a la patria, también es una conducta antisocial que favorece y facilita el delito, es una alianza tácita y clandestina con los monstruos y títeres del mal que todo ciudadano de bien debe rechazar y denunciar.

 

La madre de la Violencia

La cuadrilla formada por congresistas, presidente y ministros, ha sido y es la madre de la violencia en Colombia. La vocación criminal de los dirigentes del Estado colombiano es un patrimonio nacional, un rico legado de salvajismo caníbal recibido de los ministros divinos del mundo precolombino, que sacrificaban hombres y niños para propiciar un dios sanguinario; y, de otro lado de la sangre, es una herencia de la chusma exterminadora que cometió la conquista, y que actuó como títere feroz del poder autocrático de un rey fantasma, ladrón y asesino. Esta sed de sangre de la maquinaria irracional, inhumana y violenta en que los políticos convierten el Estado, es un vestigio de esas monstruosidades primitivas y coloniales, y se convirtió en una tradición sagrada. Pero como no todos los colombianos tienen alma de vampiros ni son cómplices de los matones, esta inclinación del gobierno nacional por el asesinato, la masacre y el exterminio ha sido denunciada, criticada con lucidez y rechazada con valentía e inteligencia por pensadores, investigadores sociales, escritores, periodistas, líderes democráticos, dirigentes sindicales y hasta por las altas jerarquías de la Iglesia, que siempre han estado aliadas con el enemigo del pueblo y han vegetado y medrado a la sombra del poder violento.

La ideología paranoica de estos personajes fanáticos, ineptos y funestos, y su forma de gobernar a sangre y fuego, arrodillados ante los norteamericanos y con sus fusiles dirigidos contra el pueblo (como denunció antes de caer asesinado Jorge Eliécer Gaitán); su calidad de fascistas, clasistas y excluyentes dedicados a imponer la injusticia para enriquecer más a los ricos y producir cada vez más pobres y miserables; su talento excepcional para la corrupción y el latrocinio; su terquedad bestial para oponerse al cambio; su inveterada negativa a hacer la reforma agraria, su miopía y mezquindad incurables; su autoritarismo y su demencia legendaria han sido el origen de todas las calamidades y formas de violencia de nuestra tragedia nacional.

La lista de evidencias que demuestran esta tesis es prolija e irrefutable, y se encuentra descrita en la historia de Colombia, y en la memoria colectiva del pueblo, que parece amnésico e imbécil a la hora de elegir a sus enemigos y verdugos para que ejerzan el poder. Todas las guerras intestinas, como la guerra de los mil días; la guerra de guerrillas que hace 50 años desangra y arruina al país; la vasta y terrible matanza de liberales y conservadores que denominaron la Violencia; la carnicería desatada por las bandas criminales de ultraderecha; todas las masacres, como la masacre de las bananeras; el exterminio de la oposición y los partidos de izquierda como la UP y el PC; el asesinato selectivo de defensores de Derechos Humanos, líderes sindicales y de movimientos populares; el despojo de tierras de campesinos e indígenas; el desplazamiento forzado de millones de personas; asimismo el narcotráfico, el sicariato, el hampa, el atraso, la miseria, el sufrimiento y la muerte de la esperanza del pueblo colombiano han sido “obras” de estos honorables delincuentes de cuello blanco y corbata que dirigen el Estado. ¿Es posible esperar una solución a esta maldición histórica? ¿Seremos capaces de hallar una salida negociada de este muladar de sangre y de esta bacanal de muerte y destrucción en que nos ha tocado vivir?

 

 

La muerte de Chávez: Festín de hienas

Todas las potencias y los poderes de facto del espíritu del mal sólo pueden establecer su imperio perverso y perpetrar sus acciones malditas en completa impunidad, en el reino de las tinieblas y en el silencio. Esas son las condiciones imprescindibles que necesitan para instaurar su hegemonía, dictar su “ley”, aplicar sus métodos brutales y alcanzar su gloria, que consiste en someter a la sociedad y al individuo bajo el terror, la violencia, la injusticia, la mentira, la corrupción y la humillación de las peores fieras que surgen a cada rato en el zoo humano. El Popol Vuh revela que el imperio del mal, dirigido y usufructuado por los Señores de Xibalbá, es subterráneo. Por eso, todas las maquinarias, organizaciones, planes, proyectos y actividades protervas se fraguan en la oscuridad y en el silencio de difuntos; todos los crímenes, atentados, corrupciones, robos y traiciones se conciben y se crían en la clandestinidad; las intrigas, maquinaciones, denigraciones, infamias, calumnias, chismes, y persecuciones también son excreciones del alma de gentualla oscura y abyecta que vegeta y actúa entre las sombras. Todos los malvados son cobardes y fotófobos, porque no hay asesino, ladrón, corrupto o infame que no huya de la luz, de los espejos y del enfrentamiento directo con la realidad. Las tinieblas y el silencio son el paraíso de todos los delincuentes, desde los canallas pequeños e insignificantes hasta los grandes y famosos criminales.

Por esa necesidad de salvación y éxito, todos los monstruos que ejercen el poder del mal: gobernantes dictatoriales, bandas criminales, terroristas, asesinos, corruptos, ladrones, abusadores, violadores, extorsionistas, atracadores, etc., se envuelven en un manto de tinieblas y de silencio, y quieren ser invisibles como los espantos. Para lograrlo, mediante el terror imponen la llamada ley del silencio: suprimen la libertad de expresión y asociación, persiguen y combaten el pensamiento crítico, desaparecen a los opositores, amenazan a los periodistas y escritores, censuran los medios de información que no sean sus cómplices, prohíben las publicaciones, impiden las investigaciones, mandan matar a quienes se atrevan a denunciarlos, y hacen hasta lo imposible para evitar que sus fechorías salgan a la luz pública y sean enfrentadas y derrotadas por el poder luminoso de la verdad, la razón, la ley y la justicia.

Cohonestar a las bandas criminales, aplaudir los crímenes de Estado, callar testimonios y evidencias del delito, multiplicar el silencio de los delincuentes, hacerse el ciego, el sordomudo y el idiota ante la violencia, la injusticia, la arbitrariedad, el robo, la corrupción, la explotación, la falsedad, la persecución y el exterminio, no sólo es cobardía e irresponsabilidad social y una forma de traición a la patria, también es una conducta antisocial que favorece y facilita el delito, es una alianza tácita y clandestina con los monstruos y títeres del mal que todo ciudadano de bien debe rechazar y denunciar.

 

 

El milagro de Chávez

Una de las más vistosas miserias de los espíritus miopes y mezquinos es su incapacidad de ver la realidad en su integridad. No ven ni siquiera lo patente. Parece que gozaran de parálisis cerebral, pues carecen de juicio, que es la capacidad de distinguir el bien del mal y lo verdadero de lo falso. No pueden discernir porque sólo ven a través de la lente aberrante que les han puesto en los ojos. Sólo ven lo que les conviene, lo que tienen en el hueco de la cabeza, lo que les dicen que hay que ver, o lo que está a la altura de su enanismo mental. De ese mal sufre toda la plaga de ratas roedoras de la dignidad y la excelencia de Chávez: ciegos, tontos e ignaros incapaces de ver, comprender y valorar la grandeza de la obra de este héroe titánico de la justicia social. Los argumentos con que lo denigran y persiguen son falacias ad hominem.

Así mismo, es un milagro que un periodista se atreva a decir la verdad, que no actúe como un títere o un muñeco de ventrílocuo del poder perverso y manipulador que ejerce la industria de los medios masivos de información, propaganda, publicidad y entretenimiento, al servicio de la derecha y el fascismo, dedicada al lavado de cerebro de los creyentes y estúpidos, y a la alienación, enajenación y utilización de las masas.

Pero los milagros suceden: el periodista español Asier Martiarena publicó en Yahoo un artículo titulado Así obró Chávez su milagro social. En forma muy breve, imparcial y objetiva, presenta los argumentos válidos e irrefutables que demuestran que no es un disparate comparar a Chávez con Jesucristo o con un santo, porque sus realizaciones y logros, más que una obra de gobierno, representan un insólito milagro.

Chávez es uno de los mejores gobernantes del mundo, un héroe de talla universal que emprendió una guerra de exterminio contra la pobreza y la miseria; y las cifras lo prueban. El citado artículo de Martiarena señala que: “Sólo entre 1996 y 2009, el porcentaje de población en condiciones de pobreza en Venezuela se redujo del 70% al 23% y se espera que a lo largo del 2013 se fije en el 5%.”  También indica que Chávez “estableció el sueldo mínimo más alto de América Latina, que ha quedado fijado en 698,72 dólares.” Sin duda, esto es una vergüenza universal para países como Colombia y tantos otros, donde cada vez el salario mínimo es más bajo y miserable.

Chávez acabó con el analfabetismo. “Resultados que han sido destacados  por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).” Y “el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)  ha destacado en su más reciente informe que Venezuela fue el segundo país que más creció en 2012 en Índice de Desarrollo Humano (IDH) y lo ubicó en el puesto 71, con un coeficiente de 0,748. La cifra incluye a Venezuela en el grupo de naciones consideradas con un “Alto Nivel de Desarrollo Humano”. Las evidencias lo dicen todo.

Y sin mencionar sus milagros en salud, vivienda, educación, cultura y deporte. Si el pueblo venezolano no es  traidor y suicida, debe elegir a Maduro para que continúe desarrollando la revolución bolivariana del inmortal presidente Hugo Chávez.

 

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Boyacá es una vendición​

Boyacá es un paraíso para las aves de rapiña del capitalismo internacional. Es la tierra, la cuna, el taller y el altar de la libertad donde las grandes fieras depredadoras transnacionales son libres para cazar, desangrar y devorar sin piedad todas las fuentes de riqueza del Departamento. Por eso Boyacá es una región inmensamente rica donde casi la mitad de la población sobrevive de milagro en la pobreza, la miseria y la indigencia. Sus gobernantes, que son lo peor que produce la tierrita, aliados con presidente y ministros, no tienen la culpa de ser brutos, corruptos, ladrones y proxenetas de su propia madre, pues el filósofo vampiro afirma que nadie tiene la culpa de ser. Porque ésos son los infames y traidores que han vendido a Boyacá a precio de huevo picho o de baratija inútil en los almacenes de todo a mil.

La guerra de Independencia fue una ficción, una mentira gloriosa, una carnicería inútil que sólo permitió hacer un cambio de amos del pueblo y dueños de las riquezas y recursos naturales del país. La libertad que se conquistó fue la libertad de escoger otras cadenas. Lo único que se consiguió fue el poder político, que pasó a manos de una casta de politiqueros rezanderos y de derecha que hicieron hasta lo imposible para mantener el coloniaje; y lo lograron: Boyacá sigue siendo una colonia.

El saqueo continúa: el rey fantasma, saqueador y verdugo fue sustituido por las empresas transnacionales de Europa, a las que no les interesan los paisajes, las indias, los esclavos y los conventos sino sólo las minas de dinero. Y tienen todo lo que se necesita para extraer y llevarse las riquezas: el conocimiento científico, la tecnología, las máquinas y equipos, los especialistas, el capital y el poder.

Y los aborígenes se quedan lelos viendo un chispero porque su minoría de edad, su dependencia tecnológica y su nulidad e incapacidad de transformar la realidad, son cada día peores. Las causas de que esta lacra perdure hasta la eternidad hay que buscarlas e identificarlas en el legado histórico, en las raíces de nuestra nacionalidad, en el patrimonio de ignorancia, miseria y atraso que nos dejaron los vándalos de la Conquista, la Corona y los héroes. El pintor peruano Fernando de Szyszlo una vez preguntó: “¿Qué nos pasó y por qué quedamos en el culo del mundo?” Y el escritor cubano Lezama Lima, en su ensayo Mitos y cansancio clásico sostiene que el Popol Vuh preludia esta maldición: “la dificultad americana de extraer jugo de sus circunstancias.” Esta es la herencia que nos dejó tarados e ineptos para construir un destino e inventar el porvenir: el predominio del espíritu del mal, el cainismo, el oscurantismo religioso, la vocación de esclavos y el apego a las pesadillas del pasado.

Lo único que las sanguijuelas extranjeras le dejaron a Boyacá, fue todo lo que no vale nada, lo que no se puede vender, la “cultura”: las creencias, los tiestos, los canastos, las alpargatas, la ruana y las arepas. Boyacá es una vendición barata, por esa razón, hay que ponerle un letrero que diga: Boyacá no está en venta…, porque ya se vendió; es ajena. 

 

 

La miseria de la riqueza

Las famosas esmeraldas colombianas son un modelo abominable de esa riqueza violenta y maldita que cae sobre las comunidades como una peste ruinosa y mortífera, gracias a la alianza vituperable de políticos, gánsteres y capos de la Iglesia.

A lo largo de la historia de Boyacá y Colombia, las minas de esmeraldas han sido una fuente de miseria y de innumerables crímenes que han quedado en la más oscura y silenciosa impunidad. Han generado también una “cultura” de la selva y una “ley” impuestas por las mafias y sus ejércitos privados, que consisten en el imperio absoluto del delito y todas las formas de humillación, degradación y abyección del ser humano –incluyendo la trata de personas– bajo el poder dictatorial de un señor medieval, omnímodo, irracional, caprichoso y asesino, dueño de la riqueza y la vida ajenas.

Esta calamidad nacional parece hacer parte del absurdo metafísico de la vida humana, cuyas manifestaciones se padecen en todos los lugares del mundo y en todos los tiempos, y cuyas explicaciones mágicas se encuentran en la mitología. El mito de Fura y Tena, de la cultura precolombina de los muzos, ofrece una versión del origen trágico y sangriento de estas piedras: según este relato, las esmeraldas son el fruto  del delito, la traición, el odio y la venganza.

Pero la racionalidad nos permite comprender que el hampa y el crimen tienen una lógica, que consiste en la lucha por apropiarse de las riquezas, y las ansias por obtener el predominio social y el poder político, por parte de los más astutos, despiadados y temibles criminales, en los que ha encarnado el espíritu de la perversidad, que Allan Poe denuncia en sus cuentos de terror.

Lo que nadie se atreve a preguntar es ¿por qué la riqueza que se encuentra en el subsuelo nacional, y que pertenece a todos los colombianos, va a parar a las manos de ciertos espantos que aparecen, se apropian una inmensa fortuna y se convierten en dueños de la tierra, amos de numerosos siervos y pájaros, y reos ausentes con miles de homicidios a cuestas por los que nunca tienen que responder ante la Ley? Toda la riqueza nacional: petróleo, esmeraldas, carbón, oro, platino, etc., debe destinarse a financiar la guerra contra la pobreza y la miseria de la mayoría de la población, a dar vida, luz y esperanza a los más necesitados, y no a enriquecer y endiosar bandidos.

La muerte de Carranza debe marcar el fin de esa pesadilla verde, deber servir de escarmiento histórico para que el Estado no vuelva a utilizar la riqueza nacional para propiciar el imperio del mal y, por el contrario, recobre la autoridad, el dominio y la explotación de las minas e invierta esa riqueza en planes inmediatos de Desarrollo Humano de nuestro país. No más zares ni patrones, nunca más guerra ni paz de esmeralderos, basta de asesinos disfrazados de empresarios, líderes, benefactores y socios de los dueños del infierno. Hemos sufrido tanto el terror de la riqueza y los ricos, que dan ganas de proponer la pobreza como ideal de vida.

 

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El Papa es cómplice

En el nefasto año de 1976, las fuerzas armadas argentinas convirtieron el Estado en una monstruosa maquinaria criminal dedicada a producir asaltos, secuestros, robos, desapariciones, torturas y asesinatos con una eficacia macabra. Por su estructura gigantesca que abarcó a todo el país, su inmenso poder de violencia y destrucción, y su demencia furiosa, dicha organización criminal era arrolladora, implacable, despiadada; era invulnerable e intocable: no había poder humano ni divino que pudiera enfrentar o contener las acciones monstruosas de este aparato ideológico de la ultraderecha consagrado al exterminio de la izquierda, el sindicalismo, los Derechos Humanos, la justicia, las libertades de pensamiento y expresión, la democracia, el arte y los artistas, la pastoral social de la Iglesia y cualquier otra organización social o cultural que ayudara o protegiera a los pobres. Y tenía muchos cómplices: la policía, el poder judicial, la prensa, la ultraderecha, el capitalismo y el imperio norteamericano.

No hay que perder de vista, en ningún momento, quiénes son los cerebros del crimen, los verdaderos asesinos, los autores intelectuales y materiales de semejante matanza de inocentes. Los generales Videla, Viola y Galtieri son apenas las cabezas visibles del monstruo. Toda la barbarie de estos genocidas, su ferocidad, sus métodos y sus acciones perversas son insólitos; y su irracionalidad, ceguera e imbecilidad son inauditas y casi increíbles. Su empresa de exterminio fue generosa y se extendió a cualquier sospechoso, a todo el mundo. Secuestraron, desaparecieron, violaron, torturaron y  asesinaron a familias completas, a embarazadas a quienes les robaron los bebés, a adolescentes y niños. Masacraron a obispos, sacerdotes, seminaristas, catequistas, monjas, abogados, sindicalistas, periodistas, escritores, jóvenes que prestaban servicio militar, defensores de derechos humanos, profesores, estudiantes, etc. Además de asesinos eran ladrones: saqueaban las residencias de las víctimas y robaban todo, incluso vehículos y bienes raíces. Y quedaron en completa impunidad, quizás porque eran títeres de Estados Unidos y su Doctrina de Seguridad Nacional. Y nadie pudo hacer nada por ninguna víctima, ni siquiera el presidente de Francia que abogó por unas monjas francesas desaparecidas, violadas, torturadas y asesinadas por los militares. Quienes se atrevan a conocer en detalle los horrores de esta tragedia deben leer el libro Nunca Más que publica el Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, dirigida por el escritor Ernesto Sábato. 

El Papa Francisco es cómplice, pero de los pobres y miserables, de las víctimas no sólo de la dictadura argentina, sino de todas las dictaduras y, sobre todo, del capitalismo salvaje. Pero él no puede hacer nada para proteger y salvar a tantos millones de seres humanos condenados al infierno de este mundo. Porque tendría que enfrentarse al imperio norteamericano, al capitalismo y a la ultraderecha que son los dueños del mundo y los autores de la pobreza, la miseria, la guerra, la injusticia social, los crímenes y demás tragedias de este planeta. Del Vaticano sólo podemos esperar plegarias, compasión y bendiciones. Mientras el enemigo esté en el poder, y no seamos dignos de enfrentarlo, no habrá esperanza de redención del hombre sobre la tierra.

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